Cristina Bajo
BAJO RELIEVE

Recuerdos de la selva II

La segunda parte de una nota que cuenta la historia de Horacio Quiroga, para los adultos que lo hayan olvidado y los jóvenes que aún no lo descubren. 

por Cristina Bajo | Marzo 18, 2018

A raíz de aquella excursión que hiciera con Lugones a las reducciones jesuíticas, Quiroga compró tierras en San Ignacio –provincia de Misiones– donde se refugiaba durante el verano. Se enamoró de una de sus alumnas, María Cirés, lo que levantó un gran escándalo. Se casó con ella y, como quien huye, se estableció en aquella propiedad.

Hay en esta relación –que se repetiría casi en la misma época en Córdoba, con el poeta Romagosa y su alumna Haydée Bustos; y años después con Leopoldo Lugones, en circunstancias muy parecidas–el germen de la desdicha: estos tres hombres maduros, brillantes intelectualmente, repetirían la misma experiencia amorosa con mujeres muy jóvenes y sus historias terminarían trágicamente para todos.

Afincado en Misiones, Quiroga inició varias empresas, pero fracasó en todas. Cuando su primera hija tenía 4 años, su mujer se suicidó –la causa es un enigma hasta ahora, pues se falsificaron documentos– y él decidió regresar a Buenos Aires con la niña y su hijo menor.

En Buenos Aires, comienza su verdadera carrera literaria, asombrando con su Cuentos de amor, de locura y de muerte, libro por el que se lo cita como uno de los mejores cuentistas latinoamericanos.

Pero, a pesar de sus éxitos en la capital del país, la selva lo sigue llamando. Retorna a Misiones, vuelve a enamorarse y, como un libreto que se repite, la familia de la joven se opone a estas relaciones. Quizá, como catarsis, escribió su cuento “Pasado amor”.

Como si no se encontrara a sí mismo en ninguna parte, vuelve a Buenos Aires, se relaciona con los periodistas de Caras y Caretas –una publicación que hizo época–, lee a Güiraldes y lo hace conocer, y se entusiasma con el cine.

Para 1927, había caído de nuevo en la tentación de elegir mujeres jóvenes y frágiles; esta vez, una amiga de su hija, que tenía sólo 20 años cuando él estaba a punto de cumplir los 50. Se mudaron a Misiones, un lugar agreste para una joven urbana, lo nombran cónsul en San Ignacio y, pocos años después, es abandonado por su esposa, quien se lleva a la hija de ambos, aún muy pequeña.

Estos sucesos y otras tristezas lo sumieron en una gran depresión y prácticamente dejó de escribir. Llegó un momento en que tuvo que regresar a Buenos Aires e internarse en el Hospital de Clínicas, donde pasó varios meses. En los estudios que le hicieron se descubrió que tenía cáncer. Al saberlo, decidió suicidarse la noche del 18 al 19 de febrero de 1937.

Llevaron sus restos al Uruguay, se le dedicaron honores póstumos y se lo enterró en su ciudad natal, El Salto, como pidiera.

Durante los últimos días de su vida, según leí en una revista literaria, uno de sus amigos fue a visitarlo al hospital y lo encontró rodeado de aquellos libritos –llamados Pulp-Fiction a principios del siglo XX– de horror y ocultismo. A su lado, en un banco, se apilaban novelitas de páginas amarillentas: los primeros policiales de entonces. Y sobre la cama, libros que, cuando yo iba al secundario, me detenía a comprar en el quiosco de revistas: historias de cow-boys y del far west, que devorábamos –mis hermanos y yo– a razón de varios por semana.

El dato me llegó tardíamente –ya casi tenía 70 años–, pero redimió para mí esa literatura de terror, aventuras y asesinatos que poblaron nuestra adolescencia y que, extrañamente, encontraba en sus cuentos.

Sugerencias:

1) Para ahondar en su obra, tomemos alguna Historia de la Literatura Argentina;

2) Para leer: compren sus libros, se siguen editando. Merecen estar en nuestra biblioteca. •

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